Rhett Butler by Donald McCaig

Rhett Butler by Donald McCaig

Author:Donald McCaig
Language: es
Format: mobi
Published: 2009-08-24T23:00:00+00:00


Tara había sido el sueño de Gerald O'Hara.

Sus paredes de ladrillo encalado y el amplio tejado acogerían a los hijos, los parientes y los invitados que disfrutaran de la hospitalidad de Gerald.

«Nada de adornos innecesarios —le había dicho Gerald a su mujer Ellen—. Una granja cómoda y espaciosa. No soporto los salones ni los gabinetes privados ni las habitaciones privadas familiares... ¿Para qué es mi casa si no para mi familia?» Cuando Ellen expresó su deseo de tener un salón de baile, Gerald soltó un bufido. «¿Es que no podemos bailar en nuestro salón cada vez que nos apetezca, señora O'Hara?»

Tara carecía de sótano porque, si algo temía Gerald O'Hara, eran las serpientes y estaba seguro de que los sótanos albergaban serpientes.

Gerald quería que hubiera porches en la fachada y la parte de atrás, «donde podamos sentarnos las noches de verano». El dormitorio de la fachada de Gerald tendría un balcón desde el cual podría contemplar bajo la clara luz matinal una alameda bordeada de castaños jóvenes y unos campos de roja arcilla plantados de algodón en flor.

Las luces emplomadas y el montante semicircular que enmarcaban la puerta principal habían sido una concesión de Gerald a los caprichos de su mujer.

Si la guerra había azotado la casa de Gerald, su plantación había resultado destruida.

—Nuestras pacanas daban las nueces más gordas de todo el condado de Clayton. El columpio de los niños estaba aquí. Los yanquis quemaron las pacanas. Y también el columpio —dijo Scarlett. Aquí estaba la prensa para embalar el algodón. Mi padre siempre compraba la maquinaria más moderna. «¿Por qué tienen los hombres que hacer lo que pueden hacer unas estúpidas máquinas?», eso decía.

»Esta era nuestra vaquería. ¡Mire! Y ésa era la fuente, al lado de aquel muro en ruinas.

»Como ve, no incendiaron las cabañas de los negros.

El coronel apartó con el pie una tabla carbonizada.

—Las necesitará cuando los negros recuperen la cordura —dijo—. Miles y miles de ellos duermen en las calles de Atlanta. Si los yanquis no les dieran de comer, se morirían de hambre.

¿Qué le importaban a Scarlett los refugiados negros?

—Con mil dólares Tara podría volver a levantarse. Sólo mil —dijo—. A la tierra no le ha ocurrido nada; pueden incendiar nuestros edificios y matar nuestro ganado, pero, ¡por Dios que no pueden matar nuestra tierra!

—Se comporta usted como una bella amazona. —Cuando Andrew Ravanel tomó la mano de Scarlett O'Hara en la suya de presidiario, ella se la notó desagradablemente suave—. No me gusta viajar solo —añadió Andrew—. ¿Podría convencerla de que me acompañara a Charleston?

Aunque esperaba una invitación, Scarlett no imaginaba que ésta pudiera ser tan atrevida.

—¿Un hombre y una mujer que no están casados viajando juntos? Señor, ¿qué pensará la gente?

La despectiva carcajada de Ravanel la escandalizó.

—Mi querida Scarlett, todos han muerto. Todos aquellos cuya opinión era importante han muerto. Sólo los cobardes, los traidores y los presidiarios han sobrevivido a la guerra. Jeb Stuart... Los lirios del valle se inclinaban para rendirle homenaje cuando el general Stuart pasaba junto a ellos.



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